Columnas de opinión

01/04/2014

Emparejar para abajo

Con los cambios que proponen los dirigentes en el automovilismo local lo único que se consigue es relegar la actividad de todos los ámbitos. ¿Pisarán el freno en algún momento?

Lo que para los dirigentes del automovilismo argentino son recetas magistrales para el resto de los mortales se trata de laberintos en los que terminan perdidos. Con la excusa de mejorar los espectáculos, mantener la paridad y hacer crecer la expectativa como discurso de manual, las distintas categorías se empantanan metiendo mano a los sistemas de campeonato y terminan armando un berenjenal difícil de entender para algo tan sencillo como una carrera de autos.

El TC, el TN y el Top Race hacen engordar a los autos que andan bien y el STC 2000 los manda para atrás sin ningún tapujo. Eso, igual, es a grandes rasgos. Porque no hay que olvidarse de la gran cantidad de dislates de los últimos años: Copa de Oro de 12 que este año será de 15 en la última fecha con un sistema que algunos pilotos todavía no terminan de entender, Súper 8, 4x4, penalizaciones, carreras con puntaje distinto… Una enorme gama de incoherencias que siempre se caracterizó por lo mismo: perjudicar al mejor. Sí, en la enorme medianía del automovilismo la receta es emparejar para abajo. Como volvió a hacer el STC 2000 con las penalizaciones, aunque el súmmum del mamarracho fue haber penalizado en la primera fecha de acuerdo a la posición final del torneo pasado. Peugeot, por ejemplo, se tuvo que comer la penalización de su súper contratación (Agustín Canapino) por lo que hizo en Chevrolet en 2013. Y el León el año pasado se arrastró… O Fiat, qué culpa tenía de lo que hizo Mariano Werner con Toyota. No importa, al que hizo bien las cosas se lo castiga.

¿Alguien se imagina que al Beyern Munich, equipo que gana a su antojo en el torneo alemán de fútbol en donde se consagró anticipadamente la semana pasada, que fue campeón de la Champions League y del Mundial de Clubes el año pasado y que apunta a repetir esta temporada, lo hicieran jugar con uno menos, patear los tiros libres con una pelota pinchada o arrancar perdiendo todos los partidos 1 a 0? Imposible. Pero es cierto, las comparaciones son odiosas y a los amantes del automovilismo se les crispan los nervios cuando se parangona con el fútbol. Entonces, ¿alguien pensó que Sebastian Vettel podría haber partido desde el fondo durante sus cuatro años de dominio para tratar de emparejar? Ni cerca. Y la Fórmula 1 es la meca del automovilismo, por más que en 2014 esté venida a menos con un ruido espantoso y tras un soporífero Gran Premio de Australia que abrió la agenda de la temporada.

Claro, todo esto caería en saco roto si la expectativa de la gente creciera y el público se empujara por entrar a un autódromo o si el rating de televisión marcara récords cada domingo. ¿Ocurre? Claro que no. Salvo contadas (y bienvenidas) excepciones, los autódromos tienen poca gente y el rating es paupérrimo. Algunos dirán que las mediciones se hacen en grandes urbes que no marcan el pulso del automovilismo, y puede ser. Pero es la misma medición en la que se apoyaba el TC hace unos cinco años cuando rozaba los diez puntitos…

¿Cuál es la solución? No existen recetas magistrales como creen los dirigentes. Una movida interesante sería darles vuelo a los pilotos y no cortarles las alas de cuajo al primero que se corre un cachito del sistema. En los años de los Traverso, Oltra, Maldonado, Satriano, Castellano y tantos otros, los dirigentes pasaban inadvertidos. Hoy, en muchos casos, los artistas principales son los dirigentes. Si por un tiempo guardaran sus egos en un frasco (en algunos casos necesitarían uno bastante grande), le dieran campo a los verdaderos protagonistas y escucharan al público, en una de esas se conseguiría mejorar un poco. Mientras tanto se siguen destruyendo las migajas que aún perduran de un automovilismo que alguna vez fue grande.

PorAlejo Iriart