Columnas de opinión

06/09/2013

Había una vez...

El automovilismo argentino no está pasando por un buen momento. Este cuento, trata de explicar los motivos.

Había una vez un automovilismo argentino que era seguido por un montón de gente. Tanta gente que cada carrera era tapa de los diarios. Había solo unas pocas categorías y la mayoría de sus pilotos, eran ídolos. La gente los aclamaba y admiraba porque hacían lo que ellos no podían: llevar sus autos a máxima velocidad y hacer maniobras increíbles. Pero un día, apareció la televisión y todo cambió.

En un primer momento, la TV ayudó a aumentar la admiración que el público sentía por el automovilismo. Es que ahora podían ver en vivo y en directo, desde sus casas, esas proezas que antes solo escuchaban por la radio o leían en diarios y revistas.

Como nadie quería perderse la posibilidad de trascender, comenzaron a aparecer más categorías, muchas de las cuales nacieron a través de divisiones de las ya existentes. Y si una productora televisiva no tenía una división para televisar, la creaba. Así había más carreras, más autos, más pilotos…

Llegó un momento en que un solo canal transmitía a cuatro categorías y así se aseguraba tener todos los domingos ocupados. Aunque en principio les daba importancia a todas por igual, eso fue cambiando con el tiempo. Eso provocó que aquellas que consideraban no ser tratadas igual, se marcharan y encontraran lugar en otras pantallas. Una, incluso, creó su propia productora contratando personal de aquella empresa de la que había sido socio…

En el medio nacieron más categorías con autos iguales. Y nadie hizo nada. Ni siquiera la entidad que estaba a cargo de la organización del automovilismo. Claro, cómo hacerlo si había tantos corredores dando vueltas y tantas categorías que ser la entidad fiscalizadora se convirtió en un gran negocio gracias a la cantidad de licencias deportivas que se tenían que otorgar y a las carreras que se tenían que fiscalizar.

Con tanta oferta, la demanda decayó. La gente se saturó del automovilismo, de tantos autos iguales corriendo en diferentes categorías, de tantos pilotos que corrían en una y en otra. El público estaba confundido y perdió interés. Y el deporte se fue de la tapa de los diarios, que solo le daban lugar cuando había un accidente fatal.

Para captar a esa gente que se había ido e incentivar a otra, las principales categorías empezaron a inventar cosas para darles más emociones a las carreras y a los campeonatos, que en algunos casos llegaron a tener un reglamento técnico cada dos carreras. Una barbaridad…

En ese afán de enmendar los errores cometidos, se perdió el espíritu del deporte. Porque dejó de ganar el mejor y empezó a trascender aquel que superaba las diferentes contingencias de las competencias y los torneos. Eso provocó que los ídolos se convirtieran en una especie en extinción. Porque ya no valía la pena levantar la copa de vencedor. Y ¿quién puede tener como un héroe a alguien que no gana?

A todo esto, la TV cambió de manos. Dirigida por las propias categorías dejó de mostrar carreras de autos y se dedicó a quedar bien con sus patrocinadores. Eso sin contar que dueños de equipos y preparadores consiguieron tener tanta –o más- pantalla que los propios corredores. Algo que también ahuyentó a la gente, que recuerda con cariño aquellas transmisiones en las que los protagonistas eran los autos y quienes los conducían.

Este cuento aún no tiene final. Podrá ser feliz o no, en cualquier caso lo escribirán aquellos que toman las decisiones en el automovilismo argentino y que, de una vez por todas, tienen que darse cuenta que han cometido errores y es necesario que los corrijan.

PorDiego Durruty