Fórmula 1

06/07/2018

La última del Quíntuple

Después de que Mike Hawthorn levantó para no sacarle un giro en el GP de Francia de 1958, Juan Manuel Fangio anunció el retiro. Razones de un final inesperado.

La Ferrari de Mike Hawthorn ya tiene a la vista la bandera de cuadros. El único obstáculo entre la meta y él es el Maserati rojo con el número 34 al que le puede sacar una vuelta. Ya lo alcanza. Llega a la cola. Pero algo lo detiene. Hawthorn levanta el pie del acelerador, deja que el Maserati pase primero y luego cruza la línea de llegada. Es que respetaba demasiado a ese otro piloto como para doblegarlo de esa manera.

Cuando se encuentran en boxes y se estrechan las manos, sin grandes festejos por el grave accidente de Luigi Musso, Hawthorn escucha primero que nadie la decisión: “Me voy, Mike. Dejo las carreras por completo”. Era el 6 de julio de 1958, en Reims (Francia), el mismo lugar en el que había debutado diez años antes. Juan Manuel Fangio se retiraba del automovilismo con el impresionante récord de cinco títulos en la Fórmula 1.

“Fangio estaba cansado, acababa de ver a Musso salirse de la pista (murió a las pocas horas) y me lo dijo en los boxes. Él llevaba un Maserati y mi Ferrari iba mejor. Tanto que cuando nos acercábamos a la meta yo, que lideraba, estuve a punto de sacarle una vuelta. Pero levanté el pie del acelerador. ¡No podía hacerle algo así a Fangio!”, explicó el propio Hawthorn.

La lucha con un embrague roto y un modesto cuarto puesto no fue más que el detonante. “A las 15 vueltas se me cayó y se me rompió el pedal. Estuve corriendo, tal vez, como un principiante, porque no es fácil meter los cambios con un pedal deshecho”. Así y todo, hizo prodigios con su pie izquierdo y su mano derecha, tratando de hundir el embrague y de enganchar los cambios sin chirridos, y transitó los 45 giros restantes. Fue un trabajo demoledor, pero, pese a todo, se mantuvo hasta el final, fiel a su obsesión. Las largas vueltas del circuito de Reims le dieron tiempo para pensar...

Las versiones sobre los motivos de su retiro son varias: la impresión que le había causado la muerte de su amigo Musso, las presiones de su esposa Beba Berruet y la convicción de que ya había ganado todo. Sin embargo, en el libro “Tuercas Calientes”, escrito por Miguel Ángel Merlo, el único periodista que estuvo en esa carrera en Reims, y también en la biografía “Cuando el hombre es más que el mito”, del propio Fangio y Roberto Carozzo, aparece otra razón para alejarse de la F-1 y tiene más que ver con que el Quíntuple, con su sabiduría: percibió que el automovilismo estaba cambiando y que ya no iba a volver a ser igual al de sus comienzos.

En ese 1958 no había logrado grandes resultados. La fábrica Maserati se encontraba mal financieramente y los coches ya no eran los mismos. En Reims, además de ese inconveniente con el embrague, notó que el equilibrio de siempre del Maserati no existía más, que el auto no se podía tener, y cuando preguntó qué pasaba con los amortiguadores, la respuesta no lo conformó: “Los cambiamos porque esta marca holandesa paga más para que los coloquemos...”.

“La cosa estaba cambiando. Ya no tenía el sabor del principio, donde todo era más de aficionados. Esto estaba fuera de lo que para mí significaban las carreras. En mi primera temporada en Europa yo había tenido que reparar con mis propias manos mi auto de carrera. También tenía 47 y algunos rivales, sólo 25. Y en vísperas de ese GP de Francia, en mi hotel, pensaba cuál de los muchachos iba a ser el que me daría más trabajo, cómo iba a hacer para aguantar tres horas arriba del auto... Las carreras ya no me daban satisfacción, eran una obligación. Y cuando las carreras comienzan a tomar la forma de un trabajo...”, explicó el propio Fangio.

Con un casco Johnson marrón, antiparras, camisa amarilla, pantalones celestes y botas negras italianas, a los 47 años decidió abandonar: “Creo en el destino y tuve la terrible sensación de que lo estaba forzando. Siempre me consideré un hombre con suerte, pero ya no sabía hasta dónde iba a acompañarme”. Entonces, sin apuro y todavía con su ropa de piloto, se encaminó hacia el hotel Lion D’Or, se duchó, se puso un traje y fue hasta el hospital en el que estaba internado Musso, pero cuando llegó ya era tarde. Regresó al hotel y comió algo liviano. Se acostó a las 11 de la noche y le costó conciliar el sueño. Durmió sólo de a ratos, como en los últimos tiempos. “No era como cuando comencé, en que dormía como un lirón. Después, dormir tres horas seguidas me costaba un triunfo”, contó. En su cabeza, corría de nuevo la carrera, repetía aciertos y errores.

Dos días después del Gran Premio, se fue a Santa Margherita Ligure, en Génova, para subirse a un crucero junto a un amigo de la industria textil y despejar su cabeza. Todos hablaban de su posible retiro. Sin embargo, como no hubo anuncios resonantes en tiempos nada mediatizados, su abandono recién se confirmaría cuando no se presentó en el siguiente Gran Premio, el 18 de julio en Gran Bretaña. “No debía seguir, hubiera sido una estupidez”.